domingo, 20 de enero de 2013

8. LA RECUPERACIÓN DE LA SALUD

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8. LA RECUPERACIÓN DE LA SALUD
Mucho sufrimiento ha sido siempre obra del hombre mismo. La historia es un largo catálogo de esclavitud y explotación, contado habitualmente en las epopeyas de conquistadores o contado en las elegías de las víctimas. La guerra estuvo en las entrañas de este cuento, guerra y pillaje, hambre y peste que vinieron inmediatamente después. Pero no fue sino hasta los tiempos modernos que los efectos secundarios no deseables, materiales, sociales y psicológicos de las llamadas empresas pacíficas empezaron a competir en poder destructivo, con la guerra.
El hombre es el único animal cuya evolución se ha condicionado por la adaptación en más de un frente. si no sucumbió a las bestias de rapiña y las fuerzas de la naturaleza, tuvo que luchar contra usos y abusos de otros de su especie. En esa lucha con los elementos y los vecinos, se formaron su carácter y cultura y se debilitaron sus instintos y su territorio se convirtió en hogar.
Los animales se adaptan mediante la evolución en respuesta a cambios de su ambiente natural. Únicamente en el hombre puede hacerse consciente el reto y su respuesta a situaciones difíciles y amenazantes adoptar la forma de acción racional y de hábito consciente. El hombre puede diseñar sus relaciones con la naturaleza y el vecino y puede sobrevivir incluso cuando su empresa ha fracasado parcialmente. Es el animal que puede resistir pacientemente pruebas y aprender entendiéndolas. Es el único ser que puede y debe resignarse a los límites cuando llega a percatarse de ellos. Una reacción consciente a sensaciones dolorosas, a lesiones y a la muerte en definitiva es parte de la capacidad de lucha del hombre. La aptitud para rebelarse y perseverar, para tener paciencia y resignación, son partes integrantes de la vida y de la salud humana.
Pero la naturaleza y el vecino son sólo dos de las tres fronteras con las que debe habérselas el hombre. Siempre se ha reconocido un tercer frente en el que puede amenazar el destino. Para mantener su viabilidad el hombre debe también sobrevivir a sus sueños que el mito ha modelado y controlado. Ahora la sociedad debe desarrollar programas para hacer frente a los deseos irracionales de sus miembros más dotados. Hasta la fecha, el mito ha cumplido la función de poner límites a la materialización de sus sueños de codicia, de envidia y de crimen. El mito ha dado seguridad al hombre común que está a salvo en esta tercera frontera si se mantiene dentro de sus límites. El mito ha garantizado el desastre para esos pocos que tratan de sobrepasar a los dioses. El hombre común pereció por dolencia o por violencia. Únicamente el rebelde contra la condición humana cae presa de Némesis, la envidia de los dioses.

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NÉMESIS INDUSTRIALIZADA
Prometeo no era el hombre sino el héroe. Impulsado por la codicia radical (pleonexia), rebasó las medidas del hombre (aitia y mesotes) y con arrogancia sin límites (hybris) robó el fuego del cielo.1 De ese modo atrajo inevitablemente sobre sí a Némesis. Fue encadenado y sujetado a una roca del Cáucaso. Un buitre le devoraba todo el día las entrañas y los dioses que curan, cruelmente lo curaban y mantenían vivo reinjertándole el hígado todas las noches. Némesis le imponía un tipo de dolor destinado a semidioses, no a hombres. Su sufrimiento sin esperanzas y sin fin convirtió al héroe en un recordatorio inmortal de la ineludible represalia cósmica.
La naturaleza social de Némesis ha cambiado actualmente. Con la industrialización del deseo y la mecanización de las respuestas rituales Hybris se ha propagado. El progreso material sin límites ha llegado a ser la meta del hombre común. Hybris industrial ha destruido la mítica estructura de los límites de fantasías irracionales, ha logrado que parezcan racionales las respuestas técnicas a sueños insensatos y ha convertido la búsqueda de valores destructivos en una conspiración entre proveedor y cliente. Némesis para las masas es actualmente la repercusión ineludible del progreso industrial. Némesis moderna es el monstruo material nacido del sueño industrial desmesurado. Se ha difundido a todo lo largo y lo ancho como la escolarización universal, el transporte masivo, el trabajo industrial asalariado y la medicalización de la salud del vulgo.
Tántalo era un rey a quien los dioses invitaron al Olimpo para compartir sus manjares. Se robó la ambrosía, la poción divina que daba a los dioses una vida sin fin. En castigo lo hicieron inmortal... en el Hades, y fue condenado a sufrir hambre y sed interminables. Cuando se inclina hacia el río en cuya orilla se encuentra, el agua se aparta, y cuando trata de alcanzar la fruta por encima de su cabeza, las ramas se alejan. Los etnólogos podrían decir que Némesis Médica lo programó para un comportamiento compulsivo contraintuitivo.
El anhelo de ambrosía se ha extendido en la actualidad al común de los mortales. La euforia científica y la política se han combinado para propagar la adicción. Con objeto de sostenerla se ha organizado un sacerdocio de Tántalo que ofrece mejorías médicas ilimitadas a la salud humana. Los miembros de este gremio se hacen pasar como discípulos de Esculapio el que curaba, cuando en realidad son mercachifles de ambrosía. El resultado de depender de ambrosía es la Némesis Médica.
Némesis Médica es más que todas las yatrogénesis clínicas juntas, más que la suma de mal ejercicio y encallecimiento profesionales, negligencia, mala distribución política, incapacidades médicamente decretadas y todas las consecuencias de ensayos y errores médicos. Es la expropiación de la capacidad del hombre para afrontar la adversidad por un servicio de mantenimiento que lo conserva equipado a las órdenes del sistema industrial.
Los mitos heredados han dejado de proporcionar límites para la acción. La especie sólo podrá sobrevivir a la pérdida de sus mitos tradicionales si aprende a afrontar racional y políticamente sus sueños envidiosos, codiciosos y perezosos. El mito solo ya no puede hacer este trabajo. Límites al crecimiento industrial, establecidos políticamente, habrán de ocupar el lugar de linderos mitológicos. La exploración y el reconocimiento políticos de las condiciones materiales necesarias para la sobrevivencia, la equidad y la eficacia tendrán que fijar los límites al modo industrial de producción.
Némesis ha llegado a ser estructural y endémica. Las calamidades provocadas cada vez más por el hombre son subproductos de empresas que se suponía habrían de proteger al común de la gente en su lucha contra la inclemencia del medio y contra la desenfrenada injusticia descargada por la élite. La causa principal de dolor, invalidez y muerte ha llegado a ser el tormento planificado y mecanizado, si bien no intencional. Nuestras dolencias, desamparos e injusticias más comunes son principalmente efectos secundarios de estrategias para tener más y mejor educación, vivienda, alimentación y salud.
Una sociedad que valora la enseñanza planificada por encima del aprendizaje autónomo no puede sino enseñar al hombre a sujetarse a su lugar mecanizado. Una sociedad que para la locomoción depende en proporción abrumadora del transporte manipulado no puede sino hacer lo mismo. Más allá de cierto nivel, la energía empleada en el transporte inmoviliza y esclaviza a la mayoría de innumerables pasajeros anónimos y proporciona ventajas únicamente a la élite. No hay combustible nuevo, ni tecnología o controles públicos que puedan impedir que la movilización y la aceleración crecientes de la sociedad produzcan cada vez más molestias, parálisis programada y desigualdad. Lo mismo ocurre en la agricultura. Pasado un cierto nivel de inversión de capital en el cultivo y elaboración de alimentos, inevitablemente la malnutrición se difunde. El progreso de la Revolución Verde tiene entonces que destrozar los hígados de los consumidores más eficazmente que el buitre de Zeus. Ninguna ingeniería biológica puede impedir la desnutrición ni la intoxicación alimentaria pasado ese punto. Lo que está ocurriendo en el Sahel subsahariano es sólo un ensayo general de la invasora hambre mundial. No es sino la aplicación de una ley general. Cuando el modo industrial produce más de una cierta proporción de valor, se paralizan las actividades de subsistencia, disminuye la equidad y se reduce la satisfacción total. No será la hambruna esporádica que antiguamente llegaba con sequías y guerras, ni la escasez ocasional de alimentos que podía remediarse mediante buena voluntad y envíos de emergencia. El hambre que viene es un subproducto de la inevitable concentración de agricultura industrializada en países ricos y en las regiones fértiles de los pobres. Paradójicamente, el intento de contrarrestar el hambre con nuevos incrementos de a agricultura industrialmente eficiente sólo amplía el alcance de la catástrofe por restringir la utilización de tierras marginales. El hambre seguirá aumentando hasta que la tendencia hacia la producción con empleo intensivo de capital por los pobres para los ricos haya sido sustituida por una nueva clase de autonomía rural, regional, fundada en el trabajo intensivo. Más allá de un cierto nivel de hybris industrial Némesis debe aparecer, porque el progreso, como la escoba del aprendiz de brujo no puede ser detenido.
Los defensores del progreso industrial o están ciegos o corrompidos si pretenden que pueden calcular el precio del progreso. Los perjuicios de Némesis no pueden compensarse, calcularse ni liquidarse. El pago inicial para el desarrollo industrial podría parecer razonable, pero las cuotas a interés compuesto por la producción en expansión reditúan actualmente un sufrimiento que excede cualquier idea de medida o precio. Cuando a los miembros de una sociedad se les pide con regularidad que paguen un precio aún más alto para las necesidades definidas industrialmente -a pesar de la evidencia que están comprando más sufrimiento con cada unidad homo economicus, impulsado por el deseo de obtener beneficios marginales, se convierte en homo religiosus sacrificándose en aras de la ideología industrial. En este momento, la conducta social comienza a ser paralela a la del toxicómano. Las expectativas se vuelven irracionales y alucinantes. La porción autoinfligida de sufrimiento supera los daños producidos por la naturaleza, y todos los perjuicios infligidos por el vecino. Hybris motiva una conducta de masas autodestructiva. Némesis clásica fue el castigo por el abuso temerario de privilegios. Némesis industrial es la retribución por la participación concienzuda en la persecución técnica de los sueños sin el freno de la mitología tradicional ni de una automoderación racional.
La guerra y el hambre, la peste y las catástrofes naturales, la tortura y la locura continúan siendo compañeros del hombre, pero ahora están modelados en una nueva Gestalt por Némesis que los sobrepasa. Cuanto mayor es el progreso económico de cualquier colectividad, mayor es la parte que desempeña Némesis industrial en dolor, impedimentos, discriminación y muerte. Cuanto más intensa es la seguridad que se deposita en técnicas productoras de dependencia, mayor es el índice de despilfarro, degradación y patogénesis que deben atacarse incluso con otras técnicas, y mayor es la fuerza activa empleada en la eliminación de basuras, el manejo de desechos y el tratamiento de personas a quienes el progreso ha hecho superfluas.
Ante el desastre inminente las reacciones adoptan todavía la forma de mejores planes de estudios, más servicios de mantenimiento de la salud o más eficientes y menos contaminantes transformadores de energía. Todavía se busca la respuesta a Némesis en una mejor ingeniería de los sistemas industriales. Se reconoce el síndrome correspondiente a Némesis, pero todavía se busca su etiología en una mala ingeniería combinada con una administración en beneficio propio, ya sea el control de Wall Street o de El Partido. Aún no se reconoce que Némesis es la materialización de una respuesta social a una ideología profundamente equivocada. Aún no se comprende que Némesis es la ilusión delirante nutrida por la estructura ritual, no técnica, de nuestras principales instituciones industriales. Así como los contemporáneos de Galileo se negaban a mirar a través del telescopio las lunas de Júpiter porque temían que su visión geocéntrica del mundo se conmoviera, así nuestros contemporáneos se niegan a afrontar Némesis porque se sienten incapaces de poner el modo autónomo de producción en lugar del modo industrial en el centro de sus estructura sociopolíticas.

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DEL MITO HEREDADO AL PROCEDIMIENTO RESPETUOSO

Los pueblos primitivos siempre han reconocido el poder de una dimensión simbólica; la gente se veía amenazada por lo tremendo, lo aterrador, lo sobrenatural. Esta dimensión no sólo fijaba linderos al poder del rey y del mago, sino también al del artesanado y el técnico. En efecto, Malinowsky sostiene que solamente la sociedad industrial ha permitido el uso de las herramientas disponibles hasta su máxima eficiencia; en todas la otras sociedades, el reconocimiento de límites sagrados al uso de la espada y del arado era una base necesaria de la ética. Ahora, después de varias generaciones de tecnologías licenciosas, el carácter finito de la naturaleza vuelve a introducirse en nuestra conciencia. Los límites del universo están sujetos a exploraciones operacionales. Pero en este momento de crisis sería una locura fundar los límites de las acciones humanas en alguna ideología ecológica sustantiva que modernizara la mística de lo sagrado de la naturaleza. La tecnificación de una eco-religión sería una caricatura de la hybris tradicional. Sólo un acuerdo amplio sobre los procedimientos a través de los cuales puede garantizarse equitativamente la autonomía del hombre postindustrial llevará al reconocimiento de los límites necesarios a la acción humana.
Común a todas las éticas fue la premisa de que el acto humano se practica dentro de la condición humana. Como los diversos sistemas éticos consideraban, tácita o explícitamente, que esta condición humana estaba más o menos dada, una vez y para siempre, quedaba estrechamente circunscrito el ámbito de la acción humana.
En cambio, en nuestra época industrializada no sólo es nuevo el objeto sino también la mera naturaleza de la acción humana.2 En lugar de enfrentarnos con dioses afrontamos las fuerzas ciegas de la naturaleza y en lugar de enfrentar los límites dinámicos de un universo que ahora hemos llegado a conocer, actuamos como si esos límites no se tradujeran en umbrales críticos para la acción humana. Tradicionalmente el imperativo categórico podía circunscribir y validar una acción como verdaderamente humana; imponiendo directamente límites a las acciones de uno, exigía respeto para igual libertad de los demás. La pérdida de una "condición humana" normativa no sólo introduce una innovación en el acto humano, sino también una innovación en la actitud humana hacia la estructura en que actúa una persona. Si esta acción ha de continuar siendo humana después de haber privado a la estructura de su carácter sagrado, necesita una base ética reconocida dentro de un nuevo tipo de imperativo. Este imperativo sólo puede resumirse de la manera siguiente: "actúa de manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de la vida humana genuina"; muy concretamente aplicado esto podría significar: "no eleves los niveles de radiación a menos que sepas que esta acción no tendrá efectos sobre tu nieto". Obviamente, un imperativo de esa índole no puede formularse mientras se considere la "vida humana genuina" como un concepto infinitivamente elástico.
¿Es posible, sin restaurar la categoría de lo sagrado, alcanzar la ética que por sí sola permitiese a la humanidad aceptar la disciplina rigurosa de este nuevo imperativo? Si no es posible, podrían ser creadas racionalizaciones para cualquier atrocidad: "¿por qué no ha de elevarse la radiación ambiente? ¡Nuestros nietos se acostumbrarán a ella!" En algunos casos, el temor podría ayudar a conservar un mínimo de cordura, pero únicamente cuando las consecuencias fuesen bastante inminentes. Algunos reactores nucleares quizás ni lleguen a ponerse en operación por temor de que puedan servir a la Mafia para sus extorsiones al año siguiente o producir cáncer antes de que muera el operador, pero sólo el temor de lo sagrado, con su veto omnímodo, ha sido hasta ahora independiente de las computaciones del autointerés mundano y del solaz de la incertidumbre acerca de las consecuencias remotas. Ese temor podría ahora volver a evocarse como imperativo que dice que la vida humana genuina merece respeto lo mismo ahora que en lo futuro. Sin embargo, este recurso a lo sagrado ha sido bloqueado en nuestra crisis actual. El recurso de la fe podría proporcionar un escape a los que creen, pero no puede fundar un imperativo ético por que la fe existe o no existe; y si está ausente, el fiel no puede culpar al infiel. La historia reciente ha demostrado que los tabús de las culturas tradicionales están fuera de lugar para combatir una extensión excesiva de la producción industrial. Los tabús estaban vinculados a los valores de una sociedad particular y de su modo de producción, y precisamente son aquellos los que se han perdido irrevocablemente en el proceso de la industrialización.
No es necesario, probablemente no sea factible y ciertamente no es deseable fundar la limitación de las sociedades industriales en un sistema compartido de creencias sustantivas encaminadas al bien común y reforzadas por el poder de la policía. Es posible encontrar la base necesaria para la acción humana ética sin depender del reconocimiento compartido de algún dogmatismo ecológico actualmente en boga. Esta alternativa a una nueva religión o ideología ecológica se funda en un acuerdo acerca de valores básicos y en reglas de procedimiento.
Puede demostrarse que, pasado un cierto punto en la expansión de la producción industrial en cualquier campo importante de valor, las utilidades marginales dejan de ser distribuidas equitativamente y que, simultáneamente, comienza a declinar la eficacia general. Si el modo industrial de producción se expande más allá de una cierta etapa y continúa chocando contra el modo autónomo, aparecen cada vez más sufrimientos personales y disolución social. Mientras tanto, es decir, entre el punto de sinergia óptima situado entre la producción industrial y la autónoma y el punto de máxima hegemonía industrial tolerable, se hacen necesarios los procedimientos se ejecutan en un espíritu de autointerés ilustrado y un deseo de supervivencia, y con la distribución equitativa de productos sociales y el acceso equitativo al control social, el resultado tiene que ser un reconocimiento de la capacidad de sostén del ambiente y del óptimo complemento industrial para la acción autónoma que se necesita a fin de alcanzar realmente metas personales. Los procedimientos políticos orientados hacia el valor de supervivencia en equidad distributiva y participatoria son la única respuesta racional a la creciente manipulación total en nombre de la ecología.
La recuperación de la autonomía personal será así el resultado de la acción política que refuerce un despertar ético. La gente querrá limitar el transporte porque deseará moverse eficiente, libre y equitativamente; limitará la educación porque deseará compartir igualmente la oportunidad, el tiempo y el interés por aprender en el mundo más que acerca del mundo; la gente limitará los tratamientos médicos porque deseará conservar su oportunidad y su poder para sanar. Reconocerá que únicamente la limitación disciplinada del podre puede proporcionar satisfacciones equitativamente compartidas.
La recuperación de la acción autónoma dependerá no de nuevas metas específicas que comparta la gente, sino de la utilización de procedimientos jurídicos y políticos que permitan a individuos y grupos resolver conflictos originales por su persecución de objetivos diferentes. La mejor movilidad no dependerá de algún nuevo tipo de sistema de transportes sino de condiciones que hagan más valiosa la movilidad personal bajo el control personal. Mejores oportunidades de aprender no dependerán de más información mejor distribuida acerca del mundo, sino de la limitación de la producción fundada en la aplicación intensiva de capital en bien de interesantes condiciones de trabajo. Una mejor asistencia a la salud no dependerá de alguna nueva norma terapéutica sino del grado de buena voluntad y competencia para dedicarse a la autoasistencia. La recuperación de este poder depende del reconocimiento de nuestras actuales ilusiones.

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EL DERECHO A LA SALUD

Daños crecientes e irreparables, acompañan la expansión industrial en todos los sectores. En la medicina esos daños aparecen en forma de yatrogénesis. La yatrogénesis es clínica cuando a causa de la asistencia médica se producen dolor, enfermedad y muerte; es social cuando las políticas de salud refuerzan una organización industrial que genera salud enferma; es cultural y simbólica cuando apozadas médicamente la conducta y las ilusiones restringen la autonomía vital del pueblo minando su competencia para crecer, atenderse uno a otro y envejecer, o cuando la intervención médica incapacita reacciones personales al dolor, la invalidez, el impedimento, la angustia y la muerte.
La mayoría de los remedios actualmente propuestos por los ingenieros y economistas sociales para reducir la yatrogénesis comprenden un nuevo incremento de los controles médicos. Esos llamados remedios general males yatrogénicos de segundo orden en cada uno de los tres niveles críticos y hacen que la yatrogénesis clínica, social y cultural se refuerce a sí misma.
Los efectos yatrogénicos más profundos de la tecnoestructura médica son resultado de esas funciones no técnicas, que sostienen la creciente institucionalización de valores. Las consecuencias técnicas y las no técnicas de la medicina institucional se unen y generan una nueva clase de sufrimiento: la supervivencia anestesiada, impotente y solitaria en un mundo convertido en pabellón de hospital. Némesis Médica es la experiencia de personas que están privadas en gran proporción de toda capacidad autónoma de hacer frente a la naturaleza, al vecino y a los sueños, y que se mantienen técnicamente dentro de sistemas ambientales, sociales y simbólicos. No puede medirse Némesis Médica, pero puede compartirse su experiencia. La intensidad con que se experimente dependerá de la independencia, la vitalidad y la capacidad de relación de cada individuo.
La percepción de Némesis conduce a una opción. O bien se estiman, reconocen y traducen las fronteras naturales del esfuerzo humano en límites determinados políticamente, o bien se acepta la alternativa a la extinción como supervivencia obligatoria en un infierno planificado y mecanizado. Hasta hace poco tiempo la opción entre la política de la pobreza voluntaria y el infierno del ingeniero de sistemas no era congruente con el lenguaje de hombres de ciencia ni de políticos. Nuestra creciente experiencia con Némesis Médica reviste a la alternativa de nuevo sentido: la sociedad debe elegir los mismos límites rígidos en el tipo de bienes producidos dentro de los cuales todos sus miembro encuentran una garantía de igual libertad o la sociedad tendrá que aceptar controles jerárquicos sin precedentes3 para proveer a cada miembro, lo que las burocracias del Bienestar diagnostican como sus necesidades.
En varias naciones el público está actualmente listo para revisar su sistema de asistencia a la salud. Hay un grave peligro de que el próximo debate reforzará la actual medicalización frustradora de la vida. Todavía podría salvarse el debate si se concentrara la atención en Némesis Médica, si la recuperación de la responsabilidad personal por la asistencia a la salud se constituyera en el problema central y si se hiciera de las limitaciones a los monopolios profesionales el objetivo esencial de la legislación. En lugar de limitar los recursos de los médicos y de las instituciones que los emplean, esa legislación debería establecer impuestos a la tecnología médica y a la actividad profesional hasta que los medios que pueden manejar los legos estén realmente a la disposición de todo el que quiera tener acceso a ellos. En lugar de multiplicar los especialistas que pueden asignar cualquiera de los diversos papeles de enfermo a personas que se ponen mal por su trabajo y su vida, la nueva legislación garantizaría el derecho de la gente a desertar y organizarse en una forma menos destructiva de vida, en la que tendría más control sobre su ambiente. En lugar de restringir el acceso a drogas, a medicamento y procedimientos adictivos, peligrosos o inútiles, esa legislación trasladaría todo el peso de su uso responsable al hombre enfermo y a sus parientes inmediatos. En lugar de someter la integridad física y metal de los ciudadanos a más y más custodios, esa legislación reconocería el derecho de cada hombre a definir su propia salud, sujeto sólo a limitaciones impuestas por el respeto a los derechos de su vecino. En lugar de robustecer el poder de certificación de colegas especializados y organismos gubernamentales, la nueva legislación permitiría la elección popular para dar derecho a médicos elegidos a empleos sanitaros sostenidos por impuestos. En lugar de someter su actuación a organizaciones de revisión profesional, la nueva legislación haría que los evaluara la colectividad a la que sirven.

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LA SALUD (HIGIEIA) COMO VIRTUD

La salud designa un proceso de adaptación. No es el resultado del instinto sino de una reacción autónoma moldeada culturalmente ante la realidad creada socialmente. Designa la capacidad de adaptarse a ambientes cambiantes, de crecer, madurar y envejecer, de curarse cuando está uno lesionado, sufrir y esperar pacíficamente la muerte. La salud abarca también lo futuro y por tanto comprende la angustia y los recursos internos para vivir con ella.
La salud designa un proceso mediante el cual cada uno es responsable, pero sólo en parte responsable ante los demás. Ser responsable de lo que ha hecho y es responsable ante otra persona o grupo. Únicamente cuando se considera subjetivamente responsable ante otra persona, las consecuencias de su fracaso no serán la represión, la crítica, la censura o el castigo, sino la pena, el remordimiento y el verdadero arrepentimiento.4 Los estados consiguientes de pesar y angustia son marcas de recuperación y curación, y fenomenológicamente son algo por completo diferente de sentimientos de culpa. La salud es una tarea y como tal no puede compararse con el equilibrio fisiológico de las bestias. En esta tarea personal el éxito es en gran parte resultado del conocimiento de uno mismo, la autodisciplina y los recursos internos mediante los cuales cada persona regula su propio ritmo cotidiano, sus acciones, su régimen de alimentación y sus actividades sexuales. El conocimiento de ocupaciones deseables, la actuación competente, el empeño en aumentar la salud de los demás, todo ello aprendido mediante el ejemplo de iguales o de mayores. Esas actividades personales se moldean y se condicionan por la cultura en que crece el individuo: modelos de trabajo y ocio, de celebraciones y sueño, de producción y preparación de alimentos y bebidas, de relaciones familiares y de política. La existencia de patrones de salud probados por el tiempo, que corresponden a una zona geográfica y a una situación técnica, dependen en gran medida de una prolongada autonomía política. Dependen de la disminución de responsabilidad respecto de hábitos saludables y del ambiente sociobiológico. Es decir, dependen de la estabilidad dinámica de una cultura.
El nivel de salud pública corresponde al grado en que se distribuyen entre la población total los medios y la responsabilidad para enfrentarse a la enfermedad. Esa capacidad de enfrentamiento puede aumentarse pero nunca ser reemplazada por la intervención médica ni por las características higiénicas del ambiente. La sociedad que pueda reducir al mínimo la intervención profesional proporcionará las mejores condiciones para la salud. Cuanto mayor sea el potencial de adaptación autónoma a uno mismo, a los demás y al ambiente, menos se necesitará ni se tolerará el manejo de la adaptación.
Un mundo de salud óptima y generalizada es obviamente un mundo de intervención médica mínima y sólo excepcional. La gente sana es la que vive en hogares sanos a base de un régimen alimenticio sano; en un ambiente igualmente adecuado para nacer, crecer, trabajar, curarse y morir: sostenida por una cultura que aumenta la aceptación consciente de límites a la población, del envejecimiento, del restablecimiento incompleto y de la muerte siempre inminente. La gente sana necesita intervenciones burocráticas mínimas para amarse, dar a luz, compartir la condición humana y morir.
La fragilidad, la individualidad y la capacidad de relación conscientemente vividas por el hombre hacen de la experiencia del dolor, la enfermedad y la muerte una parte integrante de su vida. La capacidad para enfrentarse autónomamente con esta tríada es fundamental para su salud. Cuando el hombre se hace dependiente del manejo de su intimidad, él renuncia a su autonomía y su salud tiene que decaer. El verdadero milagro de la medicina moderna es diabólico. Consiste no sólo en hacer que individuos sino poblaciones enteras sobrevivan en niveles inhumanamente bajos de salud personal. Némesis Médica es la retroalimentación de una organización social que se impuso mejorar e igualar la oportunidad de cada hombre de enfrentar su ambiente con autonomía y terminó destruyéndola.